¿Por qué se suplementan o enriquecen los alimentos?

Aunque médicos y nutriólogos (al igual que abuelas) hablamos de una dieta balanceada, de la importancia de comer frutas y verduras cinco veces al día y muchas otras recomendaciones acerca de la alimentación, todos aquellos que somos papás sabemos lo difícil que puede llegar a ser lograr el objetivo de que nuestros hijos coman lo que deben. Esa escurridiza “dieta ideal” habitualmente se ve limitada por el gusto de los niños, su poca disposición a probar ciertos alimentos, la disponibilidad de los mismos y el tiempo para prepararlos. Si bien es cierto que las redes sociales están llenas de ideas de ideas de menús y que hay mamás y papás llenos de creatividad, en algún momento la mayoría de los padres nos preocuparemos porque no logramos que los chicos coman una cantidad adecuada de frutas y verduras.

Lo que nos interesa de estos alimentos es que a través de ellos los niños obtengan los nutrimentos que necesitan para crecer y desarrollarse adecuadamente: proteínas, vitaminas, hierro, zinc, yodo, magnesio, entre muchos otros. Pero algunas veces, aun al lograr que la dieta sea balanceada, los nutrimentos pueden no absorberse de forma adecuada. Por ejemplo, la vitamina A contenida en la zanahoria se absorbe menos cuando esta se ingiere cruda, su absorción mejora al cocinarla; en cambio, otras vitaminas del complejo B se desnaturalizan al hervirlas. La soya y otras leguminosas como el frijol y la lenteja tienen cantidades de hierro importantes, pero su disponibilidad (la cantidad que es capaz de absorber el intestino) es más baja comparada con aquella de origen animal. Otros nutrimentos son difíciles de incorporar aún en una dieta balanceada, como la vitamina D, que naturalmente sólo se encuentra en ciertos alimentos como pescados grasos y champiñones.

Estos micronutrimentos (vitaminas y minerales) son indispensables para el desarrollo adecuado de los niños, y en muchos casos su ingesta adecuada puede ser crítica porque su dieta no los contiene, debido a cualquiera de las razones que mencioné antes. Se han utilizado varias estrategias como la fortificación de alimentos para asegurarse de que los niños reciban una cantidad adecuada, principalmente a nivel de población. Por ejemplo, la sal contiene yodo, la harina de maíz con frecuencia se enriquece con ácido fólico y los lácteos contienen vitamina D. Esto hace que quienes la consumen reciban al menos una pequeña cantidad de estos nutrimentos. De forma más específica, algunos alimentos contienen cantidades mayores de ciertos nutrimentos, lo que los vuelve enriquecidos y mejora de forma significativa su valor nutricio.

Otra estrategia muy popular es el consumo de suplementos y multivitamínicos en forma de gomitas, pastillas masticables o jarabes, los cuales se prescriben con mucha frecuencia por pediatras, lo mismo que los padres los compran en farmacia o supermercado. Si bien proporcionan muchas ventajas, tienen el inconveniente de que ciertos nutrimentos se absorben mejor en presencia de alimentos. Los alimentos enriquecidos o fortificados no tienen este problema, por lo que se puede pensar que al combinarlos son estrategias complementarias para mejorar la dieta. De esta forma, los padres contamos con diversas herramientas para asegurarnos de que nuestros hijos reciben la cantidad adecuada de nutrimentos, no sólo en cuanto a calorías, sino de vitaminas y minerales. Es recomendable revisar el etiquetado de distintos alimentos para observar la cantidad de nutrimentos que contiene y elegir los que ofrecen más a nuestros hijos.

Referencias

Hans Konrad Biesalski, Hidden Hunger, 1st edition, Springer-Verlag Berlin, 2013
Guía de orientación alimentaria, Secretaría de Salud, 2ª edición 2015. Disponible en http://promocion.salud.gob.mx/dgps/descargas1/concentrado_15/Guia_de_Orientacion_Alimentaria.pdf